El cuerpo, cansado de crear vida,
se convierte en guardián de todas las vidas.
Sus manos, mapas de arrugas,
tejen historias y reparan destinos.
Su vientre, ya en calma,
se convierte en cuna del mundo.
En su ausencia de luna,
brilla un sol diferente—
ese que calienta sin quemar,
que nutre sin pedir nada a cambio.
Quizá la evolución, en su silencio,
sabía que la humanidad
necesitaba a quien
ya no engendra hijos,
sino que salva el futuro.
Por cada abuela que ha sido faro, refugio, raíz

Leave a Reply