Una joven y hermosa chica llegó a la playa buscando a un chico del que todos hablaban, lo encontró sentado en la arena, tocando suavemente su guitalele. Ella se paró frente a él, impetuosa y dominante, y le exigió:
dime dónde están las puertas del paraíso y del infierno
el chico dejó de rasguear las cuerdas, la miró de arriba abajo con desdén y le respondió:
enseñarte a ti, mírate, te crees muy fuerte, pero solo eres una chica caprichosa e insignificante, no voy a perder mi tiempo contigo
la joven hirvió de rabia, sintiendo su orgullo herido, tomó una piedra grande y pesada de la orilla y la levantó sobre la cabeza del chico con furia ciega, lista para aplastarlo. Él, sin moverse ni dejar de sonreír con calma, la miró fijamente a los ojos y le dijo suavemente:
esa es la puerta del infierno
la chica se petrificó, en un instante comprendió todo, su propia ira y su ego casi la convierten en un monstruo. Soltó la piedra y se arrodilló en la arena, inclinando la cabeza para pedirle perdón. El chico volvió a tomar su guitalele, rasgueó un acorde dulce y le dijo:
y esta es la puerta del cielo
el cielo y el infierno no son lugares a los que vamos, son estados mentales que elegimos habitar a cada momento

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