Cuando nació mi hijo, un ser mágico comenzó a visitarnos. Una criatura salvaje, con un gusto particular por los aguacates y un deleite por lamer la piscina de espirulina. Una noche, mientras estaba solo junto al fuego, se acercó mucho a mí. Con un poco de temor, decidí acariciarla. De repente, se echó a reír, una carcajada fuerte que me heló el corazón. No conocía bien a estos seres y pensé que esa risa era una amenaza, cuando en realidad era su forma de comunicarse. Al escuchar mi miedo, la criatura también se asustó y desapareció en la oscuridad. Sin embargo, después de esa noche, volvió a visitarme muchas veces. Con el tiempo, ya sin miedo, respondía a su risa con la mía, y nuestras noches junto al fuego se llenaron de alegría y carjacadas. Reíamos juntos al fuego como viejos amigos, bajo el manto estrellado del cielo. Luego me introdujo a la comunidad de los javalies, pero eso es tema para otra historia …

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