Depurar código prehistórico



Érase una vez, en una época prehistórica, en una galaxia no muy lejana, los sapiens y los neandertales tuvieron una cita cósmica. Los sapiens, portadores del gen dominante del narcisismo, se pavoneaban con la barbilla en alto y el pecho hinchado, convencidos de que eran el regalo del universo para, bueno, el universo.
Los neandertales, por su parte, eran los empáticos. Prosperaban en los acogedores confines de sus templos subterráneos, susurrando palabras de amor a sus sensibles mujeres y pintando las paredes de sus cuevas con sueños y polvo de estrellas.
Pero entonces llegó la Gran Absorción. Los sapiens, con sus genes extrovertidos y fiesteros, organizaron la fiesta del milenio. Fue tan épica que ni siquiera los solitarios neandertales pudieron resistirse. Salieron de sus cuevas, parpadeando a la luz del sol, y se vieron arrastrados por la conga festiva de los sapiens.
A medida que la fiesta se animaba, la introversión de los neandertales no pudo hacer frente al carisma de los sapiens. Cambiaron sus oraciones silenciosas por brindis a voz en grito, sus pinturas rupestres por selfies con los sapiens. Y, al mezclarse, ocurrió algo mágico.
Sus genes bailaron juntos a la luz de la luna, girando y arremolinándose hasta fundirse en uno solo. El narcisismo de los sapiens se suavizó gracias a la empatía de los neandertales, forjando una nueva especie humana. Este humano moderno llevaba consigo el legado de ambos: la profunda introspección de los neandertales y la alegría desenfrenada de los sapiens.
Así pues, querido lector, la próxima vez que sientas la necesidad de refugiarte en tu cueva o de bailar bajo las estrellas, recuerda la fiesta cósmica que nos unió a todos. Porque, en el gran tapiz de la vida, no somos más que polvo de estrellas y ecos de aquella primera fiesta prehistórica.

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