Las E-bike, recién salidas de los talleres de una marca ilustre, yacían inertes, víctimas del agua y su oxidante poder. Ningún mecánico osaba tocarlas, y los repuestos eran tan esquivos como el oro de los Incas.
Movido por el espíritu arreglador, emprendí una empresa temeraria: el trasplante de la centralita. Con manos firmes y mente febril, adapté componentes, sustituí el sensor de pedaleo y, tras una serie de ajustes casi alquímicos… ¡las máquinas volvieron a volar!






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